Eran casi las dos de la tarde en Roma, Italia, cuando, con toda la
vergüenza que me invadía, hice la llamada que el jefe de la comisaría me
permitió hacer a mi casa en México. En México era todavía de mañana. Quién me
contestó fue mi tío Armando que, en ese momento, terminaba de hornear una serie
de empanadas que se venderían esa misma noche en el puesto de comida callejera
de mi padre. Escuché su voz grave pero alegre y puse todo mi empeño en no
llorar antes de terminar de explicar el menudo problema en el que me había
metido.
—Hola, tío. Soy Ana.
—¡Anita! ¡¿Cómo estás?!
—Bueno, es complicado. Necesito su ayuda. Necesito dinero porque estoy… —aquí casi se me quiebra la voz —Estoy
detenida por la policía aquí en Roma y me acusan de robo…
Traté de explicar, durante diez largos minutos, que se trataba de un mal entendido,
que me acusaban de robarme mi propia guitarra, que la persona que me acusaba
era otra chica de nombre Marie a la que conocía desde hacía tiempo.
Marie… Satanás la tenga en una sala de tortura, si algún ser humano
podía parecerse más a las sirenas que tentaron a Ulises esa era Marie, hermosa
pero trágica. Los ojos más hermosos de toda la tierra le pertenecían y sabía
usarlos. No necesitaba usar su lengua de serpiente, aunque seguramente con
aquellos desgraciados que supieran hablar francés ella la usaba para obtener
siempre su provecho; en fin yo no sabía hablar francés y quizás eso retrasó por
mucho tiempo el que yo me diera cuenta que ella no conocía la empatía ni el sentido
del bien común. Hoy escribo estas líneas acerca de Marie y pareciera que me
embargara el odio, pero estén seguros que no, soy lo más objetiva y justa que
puedo en este asunto, además ya dije que no todo era malo en Marie pues poseía
una descomunal belleza física.
De regreso a lo de mi llamada telefónica, me reservé de informar a mi
tío sobre los otros cargos que, ya no Marie, sino la propia policía me
imputaba: los de lesiones (porque golpeé a Marie) y los de prostitución porque
tenía hambre. Además, aunque mantenía mi pasaporte conmigo como si de algo
sagrado se tratara, ya no tenía permiso para permanecer en la Unión Europea de
la que Italia formaba parte. Tampoco supe explicar a mi tío porque estaba yo en
Italia si se suponía que debía estar en Londres. Todo lo que pude hacer fue
posponer los detalles con un —luego te cuento.
Tan solo colgué la bocina, el carabinero me preguntó en su inglés con
marcado acento italiano si había tenido éxito. Yo misma me hacía esa pregunta,
¿había tenido éxito? Sabía que mi tío Armando cruzaría el Atlántico si era
necesario para ayudarme, pero también sabía que cualquier ayuda de mi familia
en México no llegaría esa tarde. El carabinero, un treintañero de rostro
anguloso y nariz aguileña me miró con escepticismo. Supuse que él también sabía
que desde México no podrían ayudarme a resolver lo inmediato y por ello reiteró
la sugerencia que me había hecho desde el principio.
—Llama a tu embajada.
Le reiteré que no sabía cómo hacerlo, que no sabía el número.
Llamó a uno de sus compañeros, otro de esos con traje azul y macana al
cinto, y le ordenó que buscara la forma de comunicarme con las autoridades de
mi país en Roma. Eran expertos para comunicarse con consulados africanos, pero sin
duda jamás habrían esperado tener que lidiar con una mexicana sin permiso,
seguramente esos hombres se preguntaban entre ellos, ¿por qué simplemente no
emigró a Estados Unidos? El compañero del carabinero aceptó cumplir el mandato, pero específico
claramente que lo haría tan solo se terminase el partido de fútbol que los
mantenía a todos como hechizados.
La oficina del carabinero solo tenía un sobrio y viejo escritorio cuya
tabla rasa estaba ocupada casi en su totalidad por diversos documentos en papel,
una máquina de fax y el teléfono que me había servido para llamar a casa.
Además había un archivero de metal enorme en una de las esquinas de la habitación
y sobre este estaba colocado el televisor por donde mi custodio observaba un
partido de fútbol, de calcio como le llaman ellos. Parecía ser un juego
importante pues el carabinero mantenía su atención en ese juego y estoy segura
que yo era una contrariedad que no le permita gozar de aquel duelo deportivo a
sus anchas. Al parecer, en el juego hubo una pausa y solo entonces me preguntó
de nuevo con toda calma.
—Entonces ¿es tu guitarra?
—Sí, ya le dije que sí —le respondí sin mirar mi instrumento que estaba
colocado a un costado de donde yo estaba sentada muriéndome de hambre y
cansancio.
—¿Tanto alboroto por una guitarra rota? —preguntó incrédulo.
Sí, estaba rota. Partida en dos por el mástil. Tan duro había sido el golpe
que le había asestado a Marie. Las cuerdas estaban tan gastadas que si no
rompía yo la guitarra sobre la cabeza de Marie, de todos modos en pocos días
alguna de esas cuerdas hubiera dado todo de sí y expiraría luego de un uso tan
rudo. Además, la caja tenía marcas de otros golpes recibidos en los múltiples
viajes en tren, autobús o barco. Y sí, yo tenía que hacer todo ese alboroto
porque era mi guitarra y no la de Marie, porque si no hubiese tenido rotas las
cuerdas y el mástil yo hubiera podido apostarme en alguna plaza de Roma, tocar
algunas canciones populares de Los Beatles y haber comprado un panino para no
pasar hambre y, por consiguiente, no haber hecho caso a Marie en su pésima idea
de cambiar un beso y que me tocarán los pechos por comida. Marie, la maldita de
Marie, estaba en ese momento en el mismo edificio policiaco, en alguna otra
sala, quizás todavía en la enfermería, con la cabeza abierta por el tremendo
golpe que le había asestado con mi guitarra acústica.
—¿No tienes entonces ninguna factura que compruebe que el instrumento es
tuyo?
—No —volví a responder.
—Entonces, ¿cómo puedo saber si es tuya o no?
Había pensado en eso mientras el carabinero observaba su tenso partido
de fútbol, por ello la pregunta me tomó con al menos una sugerencia para
proponer.
—Consígame una guitarra y le tocaré una canción. Marie no sabe tocar. Yo
no solo sé tocar, sino que lo hago maravillosamente, tengo mis propias
canciones y además no solo sé tocar la guitarra, también sé tocar el piano, la
batería, el bajo, el contrabajo, el violín y un poco el chelo.
Terminé de decir aquello con orgullo, segura de mí misma y con todo el
ánimo de empequeñecer a Marie.
El carabinero no cambió la tensión en su rostro. El juego de fútbol se
reanudó , pero antes de volver a hacer como si yo existiera, me explicó con
toda su lógica de Sherlock Holmes.
—Eso que me dices no comprueba
que sea tu guitarra. Yo tampoco se tocar, podría ir y comprar una guitarra
ahora mismo y tú me la podrías robar.
Me quedé fría ante su argumento tan ilógico pero cierto. Sin una factura
yo no podía comprobar la propiedad de la guitarra. Entonces otra idea se me
ocurrió.
—Soy mexicana y esta guitarra —dije al tiempo que señalaba con mi mano
derecha ese armazón de madera que era como parte de mi familia —no puede
comprarse aquí en Europa, es una edición limitada hecha a mano en Paracho,
México. Le aseguro que cualquier experto podría corroborar eso y que Marie ni
siquiera podría decirle de qué material son las cuerdas y qué tipo de madera se
usó para hacerla. Porque Marie no sabe nada de guitarras y por eso esta joya no
puede ser suya. En cambio, yo lo sé todo sobre esta guitarra y sobre muchas
otras, porque soy músico y como ya le dije estudié en Londres.
Fui contundente y verás, pero el policía romano regresó a su partido de
fútbol que ya entraba en los tiempos extras. Mis tripas protestaron, ya no
aguantaba más. Adicionalmente para mi suplicio, el calor de tarde de verano
romano comenzó a colarse dentro de aquel edificio y el sueño ya me comenzaba a
vencer. Me dieron ganas de ir al baño y pedí permiso al carabinero para ello.
Supongo que lo puse en un aprieto pues el partido de calcio parecía estar en su
mejor momento, así lo corroboraban los gritos de desaprobación que él espetaba
continuamente como si el televisor tuviese la culpa de lo que ocurría en ese
juego en el que parecía ir todo muy mal. Por ello seguramente, se decidió por
darme indicaciones de cómo llegar a los sanitarios sin medir la posibilidad de
que bien podía escaparme.
Yo si lo pensé y por ello tomé mi pequeña bolsa con las únicas cosas que
me quedaban y a sabiendas de que mi pasaporte estaba todavía en uno de los
bolsillos de la chaqueta que llevaba puesta, así como un pequeño mapa turístico
de la ciudad. El policía notó que tomaba mi mochila y me indicó que la dejara
en su sitio. Entonces, abrí una de las bolsitas delanteras y saqué un pequeño
paquete de toallas sanitarias. El hizo un gesto de fastidió y aprobación al
mismo tiempo. Miré por última vez mi guitarra y mii morral, tragué saliva y sin
decir nada me despedí de mi guitarra en mi mente, de todos modos llevarla
conmigo no tenía sentido pues el daño no era reparable y rota, así como estaba,
no me serviría de nada más que como lastre. En cambio, ni siquiera pensé en el
morral que sin duda contenía cosas mucho más importantes para mi vida.
Primero fui hasta el baño pues realmente tenía necesidad. Terminé y salí
del sanitario, procuré no hacer sonar la puerta del mismo para no llamar la
atención. Un largo pasillo de mosaicos blancos y paredes amarillas bien
iluminadas por lámparas de neón, me separaba de la libertad, el corredor estaba
vacío de gente. Avance sin mirar hacía las diferentes puertas por las que se
ingresaba a un sinnúmero de oficinas que, por el partido, estaban casi todas
vacías.
Llegó el turno de pasar justo por enfrente de la puerta de mi
carabinero. El partido seguía escuchándose, así que asumí que aquel hombre
todavía miraba el televisor. Ni siquiera miré hacia adentro, solo pasé de largo
y continué mi caminar silencioso. Así, llegué hasta la amplia sala de
ventanillas y trámites. Ahí, un grupo de personas entre carabineros, empleados
de aseo e inmigrantes ilegales que esperaban su turno para ser deportados,
miraban atentos un televisor donde estaba nuevamente ese juego tan importante. Ni
siquiera me miraron salir del edificio.
Ya en el patio, todavía me faltaba cruzar la puerta de barras de hierro
que separaban el edificio de la comisaría de la calle. Para mi fortuna, seguía
abierta de par en par como cuando la había visto a mi llegada esa mañana. Y
justó al pisar la acera de la calle, escuché un alarido de dolor que no solo
provenía del edificio del cual acababa de escapar sino de todas las casas y
departamentos contiguos, ese lamento provenía de toda Roma y me hizo pensar en
Marie, la maldita de Marie, de la cual por fin me libraba. Entre la tristeza
infinita de los italianos por su eliminación de la Copa Mundial de fútbol del
año 2002 a manos Corea, yo escapé de la autoridad. Había abandonado no solo a
Marie sino a mi guitarra, no tenía dinero, mudas de ropa, agua o alimentos.
Todo mi escape se había reducido a una sola certeza: la localización exacta, en
un mapa turístico, del hotel en el cual se hospedaba Mercedes. Sí, yo, Ana
Grajales, caminé por las calles de una Roma desierta pues en las calles no
había ni fantasmas, todo para buscar a mi amiga Mercedes y así evitar mi
deportación.

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